El amor asalta las casas
El intruso se encuentra en algún lugar de la casa, agazapado en la penumbra, esperando la ocasión para abalanzarse sobre ella con su afilado cuchillo. La mujer tiembla en la buhardilla, aferrada a una pesada herramienta de hierro que, quizás, sea su única esperanza de llegar al día siguiente. Se escucha el informativo en la televisión encendida: “Los asaltos con violencia en urbanizaciones se han disparado durante estos últimos meses y se elevan a una veintena desde principio de año”.
El inspector Vázquez fue el primero que halló sus cuerpos, ya sin vida, dos meses después. Junto al del hombre, que falleció entre espasmos provocados por el hambre, pudo leer un frase escrita sobre el suelo con la punta del cuchillo: “El sonido de tu respiración, que traspasaba el techo, me ha hecho feliz durante estos días”. Al hallar el cadáver de la mujer, muerta de sed, los policías descubrieron junto a ella esta inscripción: “No ha sido el miedo a la muerte lo que me ha impedido acudir a ti, fue el temor de que no fueras como me imaginaba en la oscuridad de este cuarto”.
El inspector Vázquez escupió en la entrada, se subió al coche oficial y se alejó escuchando en la radio una vieja canción: “Si tu amor es verdad, mírame; para hacerme soñar, mírame; para hacerme feliz, mírame. Si me quieres matar, mírame”.



